Las idílicas imágenes de oración, paz y felicidad, que se muestran habitualmente en postales, películas o anuncios de Richard Gere, distan de la imagen real del Tíbet. Su población vive dividida a la fuerza, exiliada en La India, tras la invasión china de hace más de medio siglo, y sin un reconocimiento internacional fehaciente.
Buda no existe bajo el dominio imperialista y no puede reencarnarse en ningún Dalai Lama. El comunismo es la única opción. De este hecho son conscientes las más de 2.740.000 personas que, según el último dato de 2009, habitan en el Tíbet. Región autónoma desde 1963, Tíbet disfrutaba del status de país independiente mucho antes, concretamente, 52 años antes. Pero los siglos de aislamiento detrás de los montes Himalayas se derrumbaron tras la invasión de las tropas chinas.
En 1949, el Ejército chino de Liberación Popular invadió las provincias de Amdo y Kham, al este del Tíbet. Su población se levantó entonces bajo el llamado Levantamiento Nacional Tibetano, atacando a la mayoría china de los Han que participó en el combate. Pero este movimiento no fue un obstáculo para el victorioso ejército, que en 1959 logró penetrar por toda la región hasta llegar al oeste, a la ciudad de Lhasa, donde se reprimió ferozmente a todos los tibetanos rebeldes.
El Dalai Lama y más de 80.000 de sus defensores tuvieron que exiliarse en La India, Nepal y Bután, y, en mayo de 1960, el Dalai Lama trasladó el Gobierno Tibetano en el exilio de las colinas de Mussorie (en el norte de la India) a la ciudad de Dharamsala, a la espera de poder restablecer la situación.
Pero el tiempo pasa y la mayoría de los tibetanos no puede volver a su tierra. La cifra de refugiados ya alcanza los más de 11.000 y, para fomentar esta situación, el gobierno chino ha mandado cantidades ingentes de población para mezclarse con los autóctonos tibetanos; una de las estrategias para asimiliar su población. China mantiene que su intención es representar mejor a los tibetanos, pero la intención más evidente es la de destruir su identidad particular: nacional, cultural y religiosa.
A pesar de contar con este caballo de Troya, China no ha conseguido resquebrajar la unidad del pueblo tibetano ni su veneración al Dalai Lama. Es un pueblo muy unido, a pesar de estar de la contradicción de estar dividido físicamente. Y este es otro hecho que se suele obviar: cuando se habla de la unidad tibetana, se olvida que es un territorio dividido, cuya representación permanece en el exilio. La Administración Central Tibetana (ACT) es el órgano gubernamental de esta comunidad, que vela por la paz y la rehabilitación de todos los refugiados tibetanos. Esto es: intenta construir una vida paralela, medianamente aceptable fuera de su hogar, para todos los seguidores del Dalai Lama, mediante la promoción educativa y social, con unos valores democráticos y una autoestima que les permita una independencia sin llegar a necesitar la ayuda externa.
Y es que, por extraño que parezca, la comunidad tibetana está sola a la hora de legitimar sus derechos. El principal órgano supranacional, la ONU, no reconoce a esta autonomía, con representación en más de diez capitales mundiales, fuera de China; el gigante comunista tiene la potestad sobre su territorio, el cual sigue reclamando como parte integral de China. Mientras, el Tíbet se autodefine como un estado independiente bajo ocupación ilegal.
Aunque el gobierno chino basa su petición de anexión a Tíbet por pertenencia al país durante siglos, no es todo ideología lo que mueve a China a expandirse. Tíbet vale sus kilómetros en oro, ya que el valor geo-estratégico de su territorio la convierte en la tierra deseada. Pero además, el gobierno chino ya ha aumentado sus inversiones en la región, lo que le ha dado derecho a explotar el ferrocarril transtibetano, que también ha proporcionado un efervescente crecimiento turístico en Lhasa (a pesar de las protestas religiosas por parte de los sectores tibetanos). Con el turismo como medio principal, los ingresos del país se han triplicado, llegando a superar los 450 millones de euros en la actualidad.
A pesar de todo, la legitimidad del gobierno chino no pasa por una situación completamente legal: al haber invadido su territorio ilegalmente, la transferencia masiva de colonos chinos desde Beijing a Tíbet viola la carta de la Cuarta Convención de Ginebra de 1949, que prohibe trasladar población civil a un territorio ocupado. Igual de preocupante es la violación de los derechos de libre determinación, identidad y autonomía de su pueblo. Según esto, el incumplimiento de Pekín de los derechos humanos fundamentales, con independencia de la situación legal del Tíbet, sería motivo suficiente para justificar una intervención del órgano internacional.
Ahora lo que más preocupa tras la inflexión china es la amenaza terrorista. Algunos sectores apuntan que, en los últimos años, el camino de las relaciones del actual Dalai Lama con China no trae consecuencias políticas favorables ni mejoras en la relación de ambos países por llegar a un entendimiento. Los tibetanos más radicales reclaman una vuelta a la vía menos pacífica, algo que no se da desde hace más de un siglo, y que contradice sustancialmente los principios budistas y gubernamentales de la ACT. La prueba de este desacuerdo interno es que, en los últimos años, se ha registrado un aumento considerable de los atentados, especialmente desde exhibiciones públicas de poder por parte del régimen chino, como Juegos Olímpicos, un escenario que muchos tibetanos consideran idóneo para atrapar la atención de la comunidad internacional al completo.
El resultando sigue siendo el mismo: pocos avances y un mismo campo de batalla. El budismo es el centro del Tíbet, la estructura sobre la que se sustenta la cultura y sociedad tibetanas. Radicalmente opuesto es el comunismo chino: totalitario, materialista y, sobre todo, antirreligoso. Hoy, hace medio siglo que Tíbet vive ocupado por la fuerza comunista china pero, a base de sufrir, sus habitantes han aprendido a no rendirse. Defienden su libertad con más fuerza y se preparan para enfrentar la opresión con formas cada vez menos pacíficas.
Por eso, ahora se teme por el futuro, por la tierra prometida para unos y el infierno para otros. Las negociaciones con China siguen bloqueadas y su gobierno de la República Popular ya entierra al Dalai Lama, animado por la gravedad de su salud. La división de opiniones sobre qué camino se ha de tomar acecha a la comunidad tibetana, cuyo carismático Dalai Lama ha sido quien ha ayudado a mantener la lucha en la vía pacífica.
Doblegarse o morir
Hay un descontrol represivo por parte de las autoridades chinas que, según dicen los expertos, impone el Estado de excepción a su antojo y sin declararlo oficialmente. Como régimen totalitario, la república china no tolera demostración alguna que desafíe su poderío, ya sea por el medio social, cultural o político, y mucho menos por la fuerza. El ACT mantiene que más de 200 personas han muerto en la represión de Lasha, a causa de las más de 120 protestas que el pueblo tibetano ha lanzado desde que estallaron los disturbios. También se han registrado más de 1.200 tibetanos desaparecidos desde las protestas de marzo del año pasado, según la organización Campaña Internacional del Tíbet, frente a la cifra de unos 100 detenidos en paradero desconocido que la ONG Human Rights Watch ha extraído de los mismos informes oficiales chinos.
Silvia Suárez